Qué ver y qué hacer en Queiruga (Porto do Son)
Mi excursión completa por esta joya costera gallega
Un relato en primera persona: playas de arena blanca, petroglifos milenarios, miradores al Atlántico, rutas senderistas y la serenidad de la ría de Muros-Noia
Era un viernes fresco de enero de 2026, de esos en los que Galicia regala un día de sol tímido pero constante. Salí de Santiago de Compostela con el coche temprano, termo de café en mano y la idea fija de explorar Queiruga, una parroquia pequeña pero intensa del concello de Porto do Son, en plena ría de Muros-Noia. A poco más de 45 minutos por la AC-550, el paisaje ya cambia: el mar se abre, los montes de Barbanza se elevan y el aire se carga de salitre. Aparqué cerca de la playa principal (hay zonas amplias y gratuitas junto a la carretera), y nada más bajar, el rumor constante de las olas me envolvió. Queiruga no es un sitio de multitudes en invierno; es un lugar para sentirlo en solitario, para caminar despacio y dejar que la costa te cuente sus historias.
1. La Playa de Queiruga (o As Seiras): El corazón arenoso del día
Empecé por lo obvio y lo más irresistible: la Playa de Queiruga, también llamada As Seiras. Es un arenal de más de 1,2 km de longitud, con arena blanca y finísima que cruje bajo los pies como nieve seca. En invierno, el oleaje es moderado a fuerte, pero las aguas son cristalinas y la marea baja deja un espejo enorme donde se reflejan las nubes. Caminé descalzo desde el extremo norte hasta el sur, donde la playa se cierra con rocas caprichosas esculpidas por el viento y el mar. El viento traía olor a algas y libertad. Me senté un rato en la arena, mirando hacia el Castro de Baroña al otro lado: su península rocosa emerge como un dedo acusador contra el horizonte. Es imposible no sentir esa conexión entre presente y pasado. La playa es urbana en lo práctico (parking cerca, algún banco, duchas en verano), pero salvaje en esencia: no hay chiringuitos masificados ni ruido de gente. Solo mar, arena y gaviotas. Dediqué casi dos horas aquí, recogiendo conchas y dejando que el frío del Atlántico me despertara los sentidos.
2. La Cruz de Porto Nadelas: Mirador y homenaje marinero
Subí por un sendero corto pero empinado que parte del extremo sur de la playa. En lo alto, sobre un acantilado, aparece la Cruz de Porto Nadelas. Es una cruz sencilla de piedra, pero su ubicación es brutal: vistas panorámicas de toda la playa de Queiruga, el Castro de Baroña y, al fondo, el Monte Louro emergiendo del mar como una isla. Debajo de la cruz, en una pequeña cavidad rocosa, hay una imagen tallada de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros. Me quedé un rato allí, con el viento fuerte azotando la cara, pensando en la tragedia del 2009: el naufragio del barco donde murieron cinco pescadores de la misma familia de Queiruga, dejando huérfanos a una docena de niños. La cruz y la virgen son un homenaje vivo, un recordatorio de que esta costa da vida pero también la reclama. Desde aquí las vistas son de 180 grados: la ría hacia Noia, el Atlántico abierto y las formaciones rocosas abajo. Es uno de esos miradores naturales que no necesitan barandillas ni carteles; solo silencio y mar.
3. Petroglifos de Laxe da Sartaña y alrededores: Un viaje al Neolítico
Continué la ruta senderista que sube desde la cruz hacia el interior. Un camino de tierra y eucaliptos me llevó hasta Laxe da Sartaña, uno de los conjuntos de petroglifos más impresionantes cerca de Queiruga. Son grabados prehistóricos (y algunos más modernos) en rocas graníticas: ciervos con cornamenta, círculos concéntricos, figuras zoomorfas y símbolos abstractos. El más visible es el de Pedra Sartaña, con representaciones de animales que parecen danzar bajo el sol. El entorno es mágico: bosque de eucaliptos y pinos, silencio roto solo por pájaros y el eco lejano del mar. Caminé entre las piedras con cuidado (no se deben tocar ni pisar directamente), imaginando a los antiguos habitantes del Neolítico tallando estos mensajes al atardecer. Hay otros petroglifos cercanos como Outeiro de Campelo y Campo Grande, accesibles por senderos señalizados. Dediqué casi una hora y media explorando, tomando fotos y sintiendo esa conexión profunda con un pasado de más de 4000 años. Es increíble cómo en un radio tan pequeño conviven petroglifos, castros y playas: la historia gallega está escrita en piedra y arena.
6. El broche: Atardecer y regreso
Terminé el día en la playa, viendo cómo el sol se hundía tras el Castro de Baroña. El cielo se tiñó de naranja y rosa, reflejándose en la arena húmeda. Fue mágico: silencio, olas suaves y la sensación de haber vivido un día completo en un rincón auténtico. Volví a Santiago con arena en los zapatos y el alma llena. Queiruga es de esos sitios que no necesitan grandes monumentos: su fuerza está en la combinación perfecta de playa, arqueología, senderos y mar.
Consejos prácticos ampliados para tu visita (2026)
- Acceso desde Santiago: 45-50 min por AC-550; parking gratuito en playa
- Tiempo ideal: Día completo (8-10 h) o fin de semana
- Rutas: PR-G 178 circular (7-9 km, media); calzado cómodo y cortavientos
- Mejor época: Invierno-primavera (menos gente, luz bonita); verano para baño
- Respeto: No tocar petroglifos, seguir pasarelas en dunas, no dejar basura
- Gastronomía: Marisco en Porto do Son, empanada y licor café en Queiruga
- Combina con: Castro de Baroña (5 min), Playa de As Furnas o Monte Louro