Excursión al Castro de Baroña – Mi viaje al corazón celta de Galicia (enero 2026)

Excursión al Castro de Baroña
Mi encuentro con los antiguos celtas en la Costa da Morte

Un relato en primera persona: ruinas circulares sobre el mar, olas rompiendo contra las rocas y un atardecer que te transporta 2000 años atrás

Vista aérea espectacular del Castro de Baroña en su península rocosa, rodeado por el Atlántico – la imagen que define este lugar mágico

Era una mañana ventosa pero luminosa de enero de 2026. Salí de Santiago con el coche cargado de ganas de historia y costa brava. El Castro de Baroña, en Porto do Son, llevaba años en mi lista pendiente. El trayecto por la AC-550 ya prepara el terreno: la ría de Muros-Noia a un lado, y al otro, el Atlántico cada vez más salvaje. Aparqué en el parking gratuito junto a la playa (hay sitio de sobra en invierno), y nada más bajar, el rugido de las olas y el olor a salitre me golpearon. Caminé por el sendero de tierra y grava que baja suavemente hacia la península… y ahí estaba: un promontorio rocoso unido a tierra firme por un istmo estrecho, con el mar rompiendo por tres lados. El Castro de Baroña no es solo ruinas; es un lugar donde el tiempo se siente vivo.

Primer impacto: “Esto no es un museo… es un poblado celta del siglo I a.C. plantado en medio del océano, como si los antiguos hubieran elegido el sitio más dramático del mundo para vivir”.

El camino de acceso: Entre dunas y rocas

El paseo empieza cruzando un pequeño puente de piedra sobre el riachuelo que separa la península. A ambos lados, dunas bajas y vegetación costera resistiendo el viento. El sendero es fácil, ancho y bien marcado (ideal para familias), pero cada paso te acerca más al rugido del mar. A mitad de camino, ya ves las primeras estructuras: muros de piedra seca curvados, adaptados al relieve rocoso. Subí la pequeña cuesta y, de repente, el castro se abre ante ti: más de 20 construcciones circulares (las típicas pallozas celtas), calles empedradas, murallas defensivas y, al fondo, el Atlántico infinito. Me quedé parado un buen rato, imaginando cómo sería vivir aquí hace 2000 años: pescando en esas aguas bravas, vigilando desde las murallas, con el viento como compañero constante.

Explorando el castro: Entre muros y petos de ánimas

Caminé entre las casas circulares, tocando las piedras frías y musgosas. Algunas conservan aún el umbral y parte de los muros de hasta 1 metro de altura. Hay zonas delimitadas con cuerdas (para proteger el yacimiento), pero se puede recorrer casi todo. Lo más impactante son las defensas: murallas dobles en el lado de tierra, y el propio mar como foso natural en los otros tres. Encontré el famoso “peto de ánimas” (un pequeño altar de piedra donde se depositaban ofrendas o se recordaba a los muertos) y me senté un rato junto a él, escuchando las olas romper contra las rocas negras. El viento era fuerte, pero el sol calentaba las piedras. Pensé en los habitantes: un pueblo castrexo que convivió con romanos, que forjó herramientas de hierro y que eligió este sitio por su defensa natural y su abundancia de recursos marinos. Es fácil imaginar fogatas, historias contadas al atardecer y la sensación de estar al fin del mundo conocido.

Lo que más me emocionó: El sonido constante del mar golpeando la península – un recordatorio de que este lugar ha resistido tormentas durante milenios, igual que sus habitantes.

El broche: Atardecer en la punta del castro

Me quedé hasta el atardecer. Caminé hasta la parte más al oeste, donde las rocas se adentran en el mar. El sol se hundió lentamente, tiñendo el cielo de naranja intenso y haciendo brillar las olas como fuego líquido. Las ruinas se volvieron siluetas doradas contra el horizonte. Fue uno de esos momentos en los que sientes una conexión profunda con el pasado: yo allí, solo con el viento y las piedras que vieron pasar siglos. Volví al coche con el corazón acelerado y la certeza de que el Castro de Baroña no es solo un sitio arqueológico; es un portal al alma celta de Galicia. Si vas, ve con tiempo, respeta el lugar (no subas a las ruinas) y disfruta del silencio… es uno de esos rincones que te cambian un poco por dentro.

Atardecer épico sobre el Castro de Baroña – olas, ruinas y cielo en llamas, el final perfecto

Consejos prácticos de quien lo vivió (enero 2026)

  • Acceso: AC-550 hacia Porto do Son, desvío a Baroña (parking gratuito amplio)
  • Distancia paseo: 1-2 km (fácil, sendero bien marcado)
  • Mejor momento: Atardecer (¡imprescindible!) o mañana soleada para menos viento
  • Respeto: No subas ni toques las estructuras frágiles, lleva basura contigo
  • Combina con: Playa de Area Maior cercana, Muros o Castro de Neixón
  • Equipo: Calzado cómodo (puede haber barro), chaqueta cortavientos y cámara

Relato personal – enero 2026 • Vive la historia gallega con respeto • #CastroBaroña #CostaDaMorte